Persis C. Rickes

Los espacios académicos han adquirido cada vez más importancia como escenarios idóneos para la construcción de comunidad. Por otra parte, la cada vez más densa variedad de programas pedagógicos, así como la creciente participación de actores dentro de los campus, determina la correcta utilización del espacio como recurso que se puede optimizar y como un ingrediente clave para incrementar la eficiencia. La formulación de este tipo de proyectos exige la articulación de elementos como el diseño de esquemas a partir del programa educativo, la zonificación y la disposición del campus, la definición de programas de áreas e interacción, el desarrollo de la arquitectura, la planeación y la revisión de normativas, etc.

Una revolución en los espacios educativos comenzó a vivirse hace veinte años, cuando surgió la necesidad de crear una mayor cantidad de espacio por estudiante, como resultado de cambios profundos en la pedagogía de enseñanza a favor de las clases tipo seminario. Esto rompió el paradigma de los grandes salones, cuyo centro de atención era el maestro. De ahí surgieron nuevos esquemas de pequeños grupos, donde entre seis y nueve estudiantes realizan sus actividades, casi siempre manteniendo contacto visual entre sí y donde se promueven mobiliarios tipo mesa redonda o esquemas de foro. Semejante disposición del espacio exige una tipología de mueble completamente distinto al tradicional.

La importancia de los espacios intermedios

El proceso de aprendizaje no se puede limitar a la comunicación entre los estudiantes y los profesores, sino que deben promover el interés por el conocimiento, así como la creatividad.

Aquellas actividades en las que la interacción social funciona como plataforma para el desarrollo de experiencias constituyen el 70% del aprendizaje, lo que significa que éste no se da en el interior de las aulas, sino en el exterior. Si entendemos, entonces, que la mayor parte del aprendizaje se está desarrollando a través de la interacción, tendremos que pensar nuevos esquemas espaciales y programas arquitectónicos innovadores.

Conceptos como el de “islas”, donde la dinámica de un espacio se descentraliza, permiten disposiciones espaciales para promover el trabajo en equipo, para grupos pequeños y para instancias de trabajo individual en compañía de un tutor, donde el diálogo y el movimiento son determinantes.

La idea de un aula en silencio y con un foco de atención se difumina con la aparición de una aproximación más “real” del trabajo. El segundo argumento a favor de los espacios intermedios es que desdibujan el límite entre los espacios académicos y la comunidad. La manera como se generan vínculos y compromisos con el vecindario hace que en las nuevas edificaciones se piense en puertas antes que en muros. Si bien es claro que el esquema tradicional ofrece la tranquilidad de la “seguridad”, es hora de arriesgarse y plantear espacios más audaces, que sienten nuevos precedentes.

Si se plantea un futuro en donde los espacios y las dinámicas pedagógicas son completamente nuevas, algo similar deberá suceder con los programas y los contenidos de los mismos. Las lecciones personalizadas, las clases virtuales e, incluso, los nuevos esquemas para aprender llevan inevitablemente a una transición, en donde se tiene que repensar la enseñanza.

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